Destellos de clase

Destellos de clase

De pequeño jugaba al tenis. Era bastante bueno. Entendí muy pronto que al ser un deporte individual era el único responsable de mis aciertos y mis errores sobre la pista. Me di cuenta que si yo conseguía no fallar, sería mi rival quien antes o después lo haría. Por eso corría cada bola como si fuera la última, no daba una sola pelota por perdida y me empleaba a fondo para no fallar.  Jugando sacaba lo mejor de mí mismo.

Al poco de empezar a jugar me subieron a dar clase con chavales más mayores que yo. Fue entonces cuando coincidí con un chico dos o tres años mayor, que presumía continuamente de tener la misma raqueta que un tal Roger Federer. Yo no sabía por aquel entonces quien era ese tenista, hasta que empezó a salir cada vez con más frecuencia en televisión.

Me acuerdo que le veía jugar y había algo que me llamaba la atención, como si me hipnotizara. Jugaba erguido, de forma elegante, y daba la impresión de que no se cansaba. Golpeaba el revés a una sola mano, a diferencia de la gran mayoría de jugadores. Además se movía de tal forma por la pista, que daba la sensación de que jugaba al tenis con traje y corbata.

Unos años después descubrí que eso que llamamos “clase” era ni más ni menos lo que tenía aquel deportista suizo. Más allá de hacer las cosas bien, las hacía con estilo.

Pues ese toque de elegancia que caracteriza a algunas personas es algo que se está perdiendo. Hablo de costumbres tan básicas como saludar, pedir las cosas por favor, y dar las gracias. Cosas que requieren muy poco esfuerzo y a todo el mundo agradan. Así por ejemplo, cuando llegué a la universidad una de las cosas que más me sorprendió era ver a muchos alumnos tutear a catedráticos que les triplicaban en edad.

Creo que todo esto tiene mucho que ver con la educación recibida. Cuando mi generación estaba en el colegio, sujetábamos la puerta y dejábamos pasar a los mayores. Hoy es todo lo contrario.

La moda ha cambiado mucho también. El chándal, prenda de ropa que yo pensaba que se usaba para hacer deporte, es ahora la ropa de diario. Adornado con una riñonera que en vez de llevarse en los riñones (como el propio nombre indica) se lleva colgando del hombro. Y ya en la cabeza los peinados son obras de arte por si solos. Y no son un Picasso o un Rembrandt precisamente.

Ya nadie hace el punta-tacón conduciendo, cada vez somos más ratas con el dinero (la crisis ha tenido buena culpa en ello), es más difícil ver a la gente dar propinas por un buen servicio y la puntualidad es casi inexistente. Las relaciones se dejan por Whatsapp y no a la cara; en el Metro casi nadie se levanta a ceder el sitio a una persona mayor.

Llegados a este punto desearía que la situación cambiara un poco en este año que comienza. O al menos que no vaya a peor. Que rescatemos el espíritu de sacrificio, el esfuerzo y las ganas de superarnos día a día. Que luchemos cada bola como si fuera la última. Más allá de hacer las cosas bien, hagámoslas con estilo, dejando nuestro sello, nuestra marca. Construyamos; destruir es muy fácil. Seamos humildes, porque como decía aquél “para ser grande, primero hay que saber ser pequeño”. Y recordemos que la elegancia, la clase, poco tienen que ver con el dinero, y mucho con los valores. Puedes tener un buen coche, una buena casa, pero como no tengas un buen corazón y una cabeza bien amueblada, de poco sirve lo demás.

Estoy seguro que si nos mantenemos fieles a nuestros valores, llegaremos lejos en este 2016 ya que, como dice la canción, permaneciendo siempre fuertes, nada nos detendrá.

Atumanera

Si quieres puedes seguirme en mi Twitter @lifeesotracosa

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