Nubes

Nubes

Estoy sentado en una silla de Ikea, de nombre sueco impronunciable con un papel en blanco y una pluma encima de la mesa. Tengo el blog muy abandonado. Y no sé sobre qué escribir. Cuando empecé me sobraban las ideas, ahora ninguna me parece lo suficientemente buena. Es curioso, porque algo parecido me pasa con el género femenino.

Últimamente encuentro fallos en todas y cada una de las chicas que conozco; y mira que yo no soy Brad Pitt precisamente, pero como quien dice, siempre se ve la paja en el ojo ajeno. Esos fallos son pequeñas tonterías que en mi cabeza van creciendo como una bola de nieve que rueda ladera abajo. Hasta el punto que la imperfección se hace tan grande que pierdo el interés en la chica. Lo sé, estoy un poco ido, pero no desesperen, me lo estoy trabajando.

Miro por la ventana, qué rápido se mueven las nubes, ¿verdad? Me transmite mucha serenidad ver cómo se mueven, y pensar que aunque no reparemos en ellas, se están moviendo. Ahora se están moviendo. En este instante. Mientras nosotros hacemos otras cosas. Es como cuando estás en clase y te acuerdas de alguien. Tú estás a tus cosas, la otra persona estará a las suyas, sin que el uno repare en el otro, pero los dos, como las nubes, os estáis moviendo.

Sigo mirando por la ventana. La de tiempo que he perdido a lo largo de mis años mirando por ahí cuando debía estar mirando los apuntes.  Si mi abuela hubiese conocido mi relación con los estudios, sin duda habría dicho de mí que era una persona del mañana. Es decir, que no dejaba para hoy lo que pudiese hacer mañana.

En fin, dejando los estudios a un lado, que para algo me acaban de dar las vacaciones. Veo que la primavera está al caer. Empieza a hacer bastante bueno. El sábado pasado me permití por primera vez en todo el año ir con las ventanillas del coche bajadas; señal inequívoca de la llegada del buen tiempo. Déjenme profundizar un poco en el tema, porque fue un momento muy de película.

Atardecer

Jugaba un partido a eso de las ocho de la tarde, así que una hora antes cogí el coche para llegar pronto y hacer un buen calentamiento. La temperatura era fresca pero muy agradable y el cielo estaba de mil colores porque estaba atardeciendo. Iba sin prisa, prestando más atención al rugido del motor que a la publicidad en la radio. Así que allí estaba yo, con todo ese espectáculo de frente, surcando la carretera en mi precioso coche rojo. Ventanillas abiertas, radio encendida y viento en la cara.

De repente, empezando de forma suave y cada vez con más fuerza volvió la música a la radio. Sonaba I Want To Know What Love Is de Foreigner.

Es una canción que me gusta mucho porque más allá de ser un clásico que todos hemos tarareado alguna vez, empieza de forma tranquila y va in crescendo hasta romper cuando llega el estribillo, lo cual es bastante estimulante. Por ello no pude evitar venirme arriba, subir la radio y cantar con fuerza ese primer y conocidísimo ‘I want to know what love is, I want you to show me’. No sé si alguna vez se han parado a valorar una situación de “subidón” parecida, pero a mí me ayudó a recordar que no se necesitan grandes cosas para sentirse feliz.

Digamos que algo parecido ocurre con la comida. Dos sabores simples combinados de la forma idónea pueden crear un tercero, nuevo, distinto  y singular.

Esta semana estuve comiendo en Ochenta Grados un restaurante en Malasaña. Tenía ganas de ir después de haber pasado varias veces por delante en mis peregrinaciones nocturnas por el barrio. La carta está formada por miniplatos, lo que te permite probar un montón de cosas a muy buen precio (toda la comida salió a menos de 15 euros por persona). Y qué cosas.  La calidad es fabulosa, con platos muy elaborados cocinados a baja temperatura, para mantener el sabor y propiedades del alimento. Y por si fuera poco, no tardan nada en servirte. En fin, todo un descubrimiento.

Ochenta Grados

Mientras escribo estas líneas, está empezando a llover. Sabía que cantar en el coche tendría consecuencias. En cualquier caso parece que la primavera aún no ha llegado del todo y, como los animales, aguardaré pacientemente el fin del invierno. Sólo me queda decir que seguiré mirando por la ventana, fijándome en las nubes y pensando sobre qué escribir. Mientras tanto, disfruten de estos días de descanso que nos trae la Semana Santa. Con algo de suerte estas gotas que empiezan a caer no afearán las procesiones. Nos leemos a la vuelta.

Atumanera

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2 comentarios en “Nubes

  1. Que bien describes esos sentimientos tan simples y tan vitales que hacen de la vida algo fabuloso…para el que sabe apreciarlos.

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